12.11.09

Fuerte (...)

Tenía ganas de gritar. Y lo hizo. Fuerte. Rompió el silencio por cinco segundos. Los demás se sorprendieron. Lo miraron. Con sorpresa. Sin decir nada. Ninguno lo entendió. Nadie. Como siempre. Pero no importaba. Nada. Y todo siguió igual. Para todos. Menos para él.

11.11.09

Callado (...)

Ahí, en la mesa chica. Sentado, con cara de nada, con ganas de levantarme y pegar un violento portazo que los dejaría con sus bocas llenas de palabras que siempre forman oraciones previsibles. Porque no quiero escucharlos. Pero no me muevo. No soy tan guapo. Tengo la tácita urgencia de advertirles que no cuenten conmigo. Pero, tembloroso, no puedo modular. Apenas soy capaz de ofrecerles silencio. Es lo único que tengo para decir. No decir. Y, callado, no tengo otra alternativa que jugar a su patético juego. Aunque sea un juego que no deseo jugar. No es excusa. Lo sé.

Luces (...)

Sonrisas, ilusiones. Son faros. Señales que inequívocamente hacen explícita la obligación de seguir el camino. El resto, los alrededores, pura oscuridad que redunda en cansancio y hartazgo. Por suerte, las luces no se apagan.

7.11.09

Llantos (...)

El televisor está encendido. A media voz, el fútbol se juega en continuado. Un bebé se duerme y se despierta en su carrito. Se despierta y se duerme. Su hermana y su melena enrulada exigen atención. Grita, se acerca, pide agua, derrama el vaso sobre una mesa, vuelve a gritar porque no quiere mojarse. El bebé se despierta, se queja, llora. El perro ladra. La hermana llora. El televisor sigue encendido. Un jugador pega una patada. Lo expulsan. También llora.

5.11.09

Adentro (...)

Alcanza con salir. Sólo hay que cruzar una puerta y escuchar un pitido para recuperar la respiración normal. Para que los dolores se tomen un bienvenido descanso. Para pensar y replantearse. ¿Es necesario estar ahí adentro?

2.11.09

Ruego (...)

Andate, por favor...

28.10.09

No pudo evitarlo (...)

Estaba en silencio. Buscaba algo con su mirada. Pero, en realidad, no veía nada. Y se hartó. La bronca se canalizó con un puñetazo furibundo contra la mesa. A la descarga física la acompañó con un gruñido gutural."Mierda", refunfuñó. Envolvió su cara con sus manos, cerró los ojos con fuerza. No quería llorar. No pudo evitarlo.

3.9.09

Esclavo (...)

Ya no le importa lo que dicen y piensan los demás. Con su lógica cínica y enceguecida, se mueve con prisa y sin disimulo. Sólo le interesa no alterar los nervios de sus insensibles dueños. Hace tiempo que les vendió su alma y sus pocas ideas. Devino, por vocación, en un esclavo de la posmodernidad. A cambio de nada.

2.9.09

Jamás (...)

Insinúa. También provoca. No tiene pudor. Tampoco valentía. Porque jamás termina de asumir sus actos. Avanza y retrocede. Lo hace en un mismo movimiento, casi en simultáneo. Se esconde detrás de sus formas armoniosas. Y, mimetizada con la estupidez, se cobija en su pueril inocencia.

1.9.09

Recreo (...)

Los conceptos se pierden. La claridad se confundió en la oscuridad. Las palabras, tiradas al azar, forman oraciones que no dicen nada. Las ideas se tomaron un recreo. Largo.

31.7.09

Matilde - Tres (...)

Robertito guardó el auto en el garaje. Antes de entrar a su casa, fue hasta el almacén de la esquina para comprarse tres botellas de cerveza que fueron sin escalas al congelador de la vieja heladera Siam. Luego, caminó un par de cuadras, hasta la pizzería del Gordo Luis, para ordenar una calabresa y una fugazzetta. No pensaba bajarse las dos de un saque. Sólo se estaba aprovisionando para el almuerzo, la cena y el desayuno del otro día, aunque no veía la hora de comer la pizza aceitosa y al molde del boliche de su amigo, algo que resulta imposible con Matilde en casa.

Es que su madre, desde su jubilación, renegaba como una fundamentalista de la comida comprada. Y, pese a que el arte culinario le era algo ajeno, ella se encargaba de hacer todo lo que se consumía en la casa. Su hijo, sumiso hasta el hartazgo, aceptaba sin chistar su insoportable repertorio de platos sosos e insípidos. La pizza, justamente, era su peor especialidad. Las hacía finitas, como si se tratara de una galletita de agua, pero curiosamente siempre las sacaba antes de tiempo del horno y la masa, a menudo mal fermentada, se doblaba por su falta de cocción. Eran prácticamente incomibles por culpa del sabor amargo de la levadura. Sólo ella y Robertito se animaban a degustarla. A Matilde le encantaba. Robertito, en cambio, comía lo mínimo e indispensable para evitar caer en la discusión eterna que arrancaba con el hiriente “sos un desagradecido”.

De ahí la locura por comerse dos pizzas como la gente. Se trataba de una necesidad primaria para el golpeado sistema digestivo de Robertito. Al rato, luego de intercambiar algunas bromas con el Gordo Luis y arreglar para juntarse por la noche, el hombre volvió raudo haciendo equilibrio para que las dos cajas de cartón atadas por un piolín no perdieran la horizontalidad, evitando de esa manera que el queso se derramara. Ya en su casa, las apoyó sobre la mesa del patio y fue directo a la cocina. Regresó con un plato, un vaso, un tenedor, un cuchillo y una cerveza. Abrió la botella con el culo del tenedor y se sirvió cuidadosamente, inclinando 45 grados el vaso para evitar la formación de espuma. Luego, cortó el piolín de un tirón, abrió la caja de arriba y se encontró con la calabresa, adornada con las tradicionales rodajas de sorpresatta y unas aceitunas negras enormes y rellenas con morrones. Cortó una porción generosa, le pegó un mordiscón, lo masticó a las apuradas y casi sin respirar se bajó el primer vaso de cerveza. Todo acompañado por un silencio encantador.

Tras acabar con la porción de calabresa, se sirvió una de fugazzetta. La disfrutó como si se tratara de un plato preparado por el más refinado de los cocineros. Ya le había llegado el turno a la segunda birra, a la que matizó con otra porción de calabresa, esta vez acompañada por la faina que vino como gentileza de la casa. Con la panza llena, Robertito se quedó sentado en el patio bajo la sombra de la parra hasta que la botella marrón, todavía transpirada, se vació.

Recién entonces se incorporó, se desabrochó el primer botón del pantalón y caminó hasta el garaje en busca del atado de puchos que había quedado en el asiento del acompañante del Fairlane. Volvió a la cocina, tomó la caja de fósforos y se acomodó en el pilar de las rejas para fumarse el tercer cigarrillo del día. Estaba un poco tocado por el alcohol. La falta de costumbre le provocó una leve borrachera que le hizo perder las inhibiciones. Así, como nunca antes en su vida, piropeó a cada una de las mujeres que pisaba la vereda de su casa. Les decía refranes trillados, pasados de moda. Hasta podía sonar cargoso. Luego de un par de groserías, se inspiró con un par de adolescentes que desfilaban por la calle un poco livianas de ropa. Ellas, inconscientemente, le devolvieron la gentileza con una sonrisa a coro y una carcajada histérica. El gesto de las chicas, simple aunque poco inocente, le provocó un calor inusitado que fluyó relampagueante por sus arterias y terminó en una súbita erección. Aturdido por la situación, Robertito recuperó instantáneamente la sobriedad y comenzó a sentir vergüenza.

Miró hacia los dos costados, como si estuviera a punto de cruzar la calle, y se desprendió del cigarrillo, al tiempo que se aseguró de que nadie lo pudiera ver. Como pudo, escondió entre sus manos el bulto que asomaba de su bragueta y se metió a las apuradas en su casa. No podía entender lo que le pasaba. Sobre todo porque llevaba como un año sin tener una erección. Hasta había ido a consultar a un médico, que le había dicho que era un problema causado por el estrés.

Sin saber bien qué hacer, Robertito subió la escalera y encaró directo para su habitación. Allí, encerrado en su cuarto, se bajó los pantalones y se acostó en su cama. Miraba con asombro su entrepierna y no entendía cómo, de golpe, había recuperado la virilidad. Enseguida, sintió la enorme urgencia de descargarse. Así, con la camisa como única vestimenta, fue al baño, se sentó en el inodoro y comenzó a masturbarse con ganas. No dejaba de pensar en las dos pibas que acababa de ver, aunque por momentos la imagen se confundía y en su imaginación aparecía la figura de Marisa, la encargada del local de ropa interior que está al costado de la talabartería. Enfocado en el escote de Marisa, estaba a punto de llegar al esperado orgasmo. Sin quererlo, abrió los ojos y se vio en el espejo. Todo se desdibujó. La erección inmediatamente dejó de tener fuerza. La imagen de un hombre canoso, con anteojos y un poco desarreglado lapidó su desenfrenado impulso sexual. A los 38 años, solo como un hongo, haciéndose una paja en el baño de su casa por culpa de una risita provocadora de un par de pendejas. Se sintió un pelotudo, un infeliz. La triste escena terminó con un ducha helada que sirvió para camuflar su llanto. Al rato, bajó y se tomó la tercera cerveza. No la terminó. Se quedó dormido escuchando la melosa voz de una locutora de un programa de radio.

30.7.09

Matilde - Dos (...)

El sí de los familiares de Córdoba se transformó en un respiro aliviador para Robertito. No se lo decía a nadie, ni siquiera a sus amigos más íntimos, pero ya no aguantaba más a su madre. Matilde, rápida como siempre, se había dado cuenta de la movida de su hijo. Aceptó la idea a regañadientes, aunque, en el fondo, no le disgustara la idea de cambiar de aire y reencontrarse con su hermana, Mabel, y a sus sobrinos. Llevaba un montón de tiempo sin verla. La última vez había sido quince años atrás, cuando fueron al funeral de su madre. Desde entonces, Matide nunca se había movido a más de 50 kilómetros desde su casa. Siempre había excusas para evitar las vacaciones.

Robertito no pudo dormir en toda la noche. Una mezcla de ansiedad y culpa lo invadía y lo hacía dar vueltas y vueltas sobre la cama, transpiraba como si tuviera cuarenta grados de fiebre. Fueron las siete horas más largas de su vida. Cuando se levantó, Matilde, que tampoco había podido pegar los ojos, ya tenía su bolso preparado y lo esperaba en el comedor de la casa tomando un mate cocido.

Dale, Rober, que vamos a llegar tarde a la terminal de micros! -gritó Matilde.
-Ya salimos, mamá. Aguantá que saco el coche del garaje y vamos…
-Podrá ser, semejante boludón, con 38 años, que todavía se quede dormido -se habló a sí misma, Matilde, aunque con el volumen suficiente para que su hijo la escuchara con claridad.

Robertito, fastidiado y fastidioso, se quedó con la palabra atragantada. Quería mandarla al carajo. Hasta se le cruzó por la cabeza y por enésima vez la idea de pasarla por encima con el imponente Ford Fairlane. “Si es una vieja de mierda. Nadie la quiere”, se dijo en voz baja y apretando los dientes. Y no estaba demasiado equivocado. Sin embargo, todos sus pensamientos se reprimieron. No tenía sentido ir preso o, en el mejor de los casos, terminar en un loquero.

Matilde también estaba un poco cansada de ejercer ese inconsciente dominio castrador. El viaje hasta Retiro fue puro silencio. Apenas se escuchó un murmullo de Robertito, cansado de que los semáforos en rojo hicieran más largo el camino. Matilde atinó a darle una serie de indicaciones, pero él la frenó con una mirada fulminante cuando ella le reiteró que no dejara de regar los malvones y el resto de las plantas que estaban en el patio.

El silencio extremo los acompañó en la terminal, mientras aguardaban el llamado para subir al micro, cuyo destino final sería Merlo, en San Luis. Mabel, la hermana de Matilde, se había ido a vivir con toda su familia a un paradisíaco paraje en Traslasierra, llamado Loma Bola, al pie de la sierra de Los Comechingones. Allí, los Figueroa administraban una hostería, donde hospedarían a Matilde. ¿Cuánto tiempo la soportarían?

-Hijo, no te olvides de todo lo que te pedí, eh. Y por favor guardame todos los diarios que después tengo que ponerme al día con los avisos fúnebres -volvió a vociferar Matilde cuando subía al micro.

Robertito ni siquiera le respondió. No quiso hacerse cargo de la orden de su madre. Apenas hizo un gesto, moviendo apenas la cabeza de arriba hacia abajo, y dio media vuelta. Ni siquiera tuvo la paciencia para aguardar que el coche arrancara. Matilde lo buscó desde su ventanilla, pero no lo encontró. El ya iba camino al estacionamiento en busca del Fairlane que también había heredado de su padre. A medida que se acercaba, pensaba en él y en su maldita suerte. Cerca de los 40 años, no tenía nada que fuera suyo. El chalet que había comprado antes de casarse, el único bien que alguna vez tuvo su nombre, había quedado en poder de la turra de Ana Clara. El resto de sus bienes eran un mal congénito. Como su vida.

Antes de subirse al auto, pasó por un kiosco y se compró un alfajor triple de dulce de leche y chocolate para compensar la omisión del desayuno. También pidió un atado de cigarrillos negros. Llevaba casi ocho años sin fumar. Lo había dejado de un día para otro, tratando de cuidar su salud y también su bolsillo. No tenía ganas de volver al vicio. Pero quería ver si lo podía controlar y fumar uno de vez en cuando, después de alguna comida. Sin embargo, apenas salió del estacionamiento de la terminal, Robertito probó si el encendedor del auto funcionaba. Al ver que el dispositivo se ponía rojo como una brasa, no resistió a la tentación y prendió el faso. La primera pitada fue tan placentera como un orgasmo. Enseguida, falto de costumbre, el humo le fue directo a la cabeza y se mareó. Apenas pudo, acercó el auto al cordón y abrió la puerta para vomitar. Un policía que caminaba por la vereda le preguntó si estaba bien y Robertito, blanco como un papel, levantó el pulgar, se incorporó y volvió a arrancar. A las diez cuadras, encendió otro. La sensación de malestar no se repitió tras el segundo orgasmo a base de nicotina. Después de mucho tiempo, volvió a sentir algo parecido a la libertad.

25.6.09

Matilde - Uno (...)

A ella no le gusta que la mencionen con el pronombre personal.
-Acaso no tengo nombre. Ella, ella, qué maldita costumbre. Tanto te cuesta decirme mamá –refunfuña enérgicamente Matilde, como si tuviese ganas de generar un problema donde no existe ni la más mínima problemática.
-Bueno, mamá, no es para tanto –responde el hombre luego de un largo bufido, señal de cansancio, hartazgo y resignación antes de seguir hablando por teléfono.

Matilde mira a Robertito con amor desbordante y empalagoso. De repente, guarda recelo, como si todos los actos de sus hijos fueran propios. Ella tomó la determinación de abandonar su vida. Lo hizo unos meses después de jubilarse, luego de atender durante cuatro décadas la misma caja del mismo banco. Se emputeció en recuperar el vínculo con Robertito, Jorge y Eduardo. En tiempos de arqueos y relaciones personales únicamente por ventanilla, Matilde había puesto piloto automático en la crianza de sus hijos. No les faltó nada material, claro. Entre ella y su marido, el difunto Roberto, se encargaron de que tuvieran todo para cubrir sus necesidades. Todo, excepto la contención que deben brindar los padres, según dictan los rigurosos manuales culturales de la sociedad. Y ella, luego de un periodo de autismo, encontró la matriz de sus culpas. Y quiso lavarlas. No se dio cuenta de que ya era demasiado tarde.

La viudez y la vejez agudizaron sus defectos y terminaron de camuflar sus virtudes, a esa altura mimetizadas con la nada. La inesperada muerte de Roberto, un año antes, sólo le había servido para confirmar que su matrimonio había sido un canto a la infelicidad. Compartieron casa, hijos, deudas y algunas pocas sonrisas forzadas. Sobre todo, muchas diferencias. El amor que los unió cuando eran adolescentes y se deslumbraron se extinguió rápidamente y ellos no se dieron por aludidos. La costumbre los mantuvo juntos durante 39 años. Y eso que ella sabía de las continuas escapadas de Roberto en horas de la siesta y en falsas excursiones de pesca. Pero la ceguera impostada era mutua. Ella intuía que sus fogosos escarceos con el ocasional gerente del banco estaban lejos de ser un secreto para su marido.

Jorge y Eduardo ya estaban lejos de su alcance. Jorge, el del medio, se había ido a vivir a Canadá por cuestiones laborales. Y también para escapar del triste escenario familiar. Jamás se le cruzó por la cabeza la idea de volver, aunque se mantiene en contacto a través de llamadas telefónicas semanales. Desde que se marchó, jamás volvió para pasar siquiera las Fiestas de fin de año. Eduardo, el menor, había sido el primero que huyó del hogar espantado por la falsedad subyugante. Apenas pudo, juntó unos mangos y se fue a vivir a Italia. No tenía ni 20 años. De vez en cuando manda un correo electrónico a una casilla virtual que Robertito casi no visita. Y rara vez atiende el teléfono. Tal vez tenga un identificador que le filtra los llamados que salen de la casa materna.

El que no pudo zafar de la herencia fue Robertito, el primogénito. Marcado a fuego por ser un diminutivo de su padre desde el instante en que nació, fue él quien aprendió el oficio de los talabartes y se hizo cargo del negocio familiar. Y también fue él quien se convirtió en el destinatario de todas las descargas de Matilde, desde que ella, ya jubilada, decidió a destiempo reconvertirse en madre.

Atormentado por las sombras casi constantes. Su vida es algo parecido a un suplicio. La timidez lo convirtió en un ser sumiso y obediente. Sin contar las vacaciones, Robertito apenas vivió ocho meses fuera de su casa paterna. Fue el tiempo que duró su matrimonio, que se agotó rápidamente ante su continua incapacidad para reaccionar ante claros estímulos. Su ex esposa, Ana Clara, se quedó con la casa que habían comprado antes de jurarse amor eterno en la capilla del barrio. Y él no tuvo otra que pegar la vuelta a su oscura habitación, la misma que compartió con los ahora exiliados Jorge y Eduardo.

-Perdón, disculpame, era mi mamá que me decía algo –se excusa Robertito ante su interlocutor-. Lo que quería saber es si ella –y Matilde vuelve a mirarlo con mala cara- puede ir a pasar unos días con ustedes, allá en Córdoba, así se pone al día con la tía Mabel.

El silencio genera algo parecido a desesperación en Matilde, que intenta adivinar qué le están diciendo a Robertito del otro lado del teléfono. Mientras, le tironea la manga de la camisa, alzando levemente la cabeza y las cejas al unísono. Robertito, fastidiado, se saca de encima la mano de su madre y ella responde con un coscorrón en la coronilla de su hijo.

-Ah, bueno, gracias. Hoy a la tarde paso por Retiro, le saco el pasaje y te llamo para confirmarte cuándo llega. Gracias, Alejandro. Saludos a la tía Mabel…

14.6.09

Putas: Ringo (...)

¿El Flaco Torres moribundo? ¡No podía ser! ¿Acaso el tipo se había dado el gran gusto de terminar como Ringo Bonavena? ¿Algún matón del Polaco Jermak se había tomado venganza por la muerte de su patrón? Todo eso y un par de cosas más que ahora no vienen a cuenta se me cruzaron por la cabeza desde que Iris y Nerina se corrieron y se me apareció la imagen de mi amigo desparramado en el catre en el fondo de la pieza. Me separaban apenas quince pasos y los corrí como si se tratara de la final de los 100 metros en los Juegos Olímpicos. Me acerqué al Flaco Torres y el tipo estaba con los ojos cerrados, pálido, emanando un sudor frío que metía miedo.
-¿Qué le pasó? -les grité a la chicas antes de girar la cabeza y verlas abrazadas, como si estuvieran a punto de llorar.
-…
Iris y Nerina no respondieron. Y yo me desesperé y tomé al Flaco Torres de su camisa y lo sacudí brutalmente.
-Reaccioná, boludo, dale. ¿Qué te pasa?
-Pará, pará… ¿Nunca viste un tipo con un cólico renal? -me gritó Iris.
-¿Y por qué no me dijeron nada? ¿Tanto les costaba? ¿Qué era? ¿Un secreto de estado por una piedra en un riñón? -les respondí a voz viva.
Enseguida me incorporé y me puse a centímetros de Iris.
-¿Por qué no lo llevaste a un hospital? ¿O al sanatorio?
-Porque él no quería… Bah, en realidad, fuimos. Le diagnosticaron eso, le dieron un remedio y le dijeron que se fuera a la casa. Como estábamos cerca de la casa de mis abuelos, lo trajimos acá. Pero le empezó a subir la fiebre y me pidió que te ubicáramos…
-No entiendo nada. Pero no perdamos más tiempo. Lo llevamos al hospital y listo -apenas terminé de decir listo, el Flaco se incorporó como si le hubiese entrado una descarga eléctrica por el culo…
-Yo al hospital no voy… Llamen a un médico, si quieren. Pero al hospital, no voy ni en pedo. Prefiero morirme acá… -vociferó Torres antes de volver a desvanecerse y ponerse más blanco que una hoja Canson.
Las miré a Iris y Nerina y les dije que me ayudaran a cargarlo al auto. El Flaco Torres le hacía honor a su apodo, era interminable, superaba largamente el metro noventa y se hacía difícil maniobrar con él encima. Así, como pude, lo cargué sobre mi espalda. Nerina me ayudaba e Iris abría camino por la casa de los viejos, que estaba repleta de adornos inútiles. Cuando pasamos por el comedor, la mujer estaba abstraída, mirando un programa de chimentos. El viejo, en cambio, atinó a mirar y hasta hizo un movimiento con la boca, como si quisiera preguntar algo, pero Iris no le dio chance.
-Nos vamos, abuelos. Vuelvo en un rato…
Cuando logré meter al Flaco Torres y su generosa humanidad en el Renault 6, le pedí a Iris que se sentara a su lado. Yo fui derecho al asiento del acompañante. Nerina, obviamente, se puso al volante. Le pedí que saliera por Saavedra. Le expliqué que íbamos para Avellaneda. Allí tenía un consultorio mi cuñado, Félix. El era médico clínico y sabría qué hacer con el Flaco Torres.
En pleno camino, no podía dejar de mirarle las tetas a Nerina. Y eso que estaba tapada. Sin embargo, quería saber por qué el Flaco no quería saber nada con ir al hospital.
-A ver, chicas. ¿Por qué este pelotudo no quiere ir a hacerse ver al hospital? ¿Tendrá algo que ver con la muerte del Polaco Jermak? -terminé de hacer la pregunta y me sentí Sherlock Holmes. Hasta se me escapó, creo, una sonrisa canchera.
Nerina me miró y empezó a reírse. Giré el cogote y la otra también se estaba cagando de risa.
-¿Qué tendrá que ver el Polaco con todo esto? -tiró Iris en plena carcajada- ¿Vos qué pensás? ¿Que el Flaco tiene algo que ver con la muerte de Jermak? Nada que ver…
-Pero… Si todo pasó la misma noche. Y en el diario… Decía que podía ser un crimen pasional… -intenté explicarme.
-¿Vos sos periodista, no? ¿Y no sabés que ustedes y la policía son una máquina de tirar fruta cuando no tienen nada? -me atacó Iris- Es cierto, el Flaco me vino a buscar la misma noche que mataron al Polaco. Y también es cierto que yo era su noviecita -mientras lo decía, hacía con el índice y el mayor de cada mano la señal de comillas-. En realidad, yo era una pantalla. Nada más.
-Pero… Y el Polaco. ¿No se calentó cuando vos te fuiste con el Flaco? A ningún cafisho le debe gustar que le afanen una mina… -ya no me sentía como Sherlock Holmes, pero quería encontrarle alguna explicación lógica a la situación.
-Yo sabía muchas cosas de él que lo comprometían. En especial, sobre su fogoso romance con uno de sus patovicas. Seguramente, lo debe haber matado algún otro puto celoso. Ruben no tuvo nada que ver con el asesinato de Jermak. Bah, nosotros nos enteramos al otro día.
-¿Y, entonces, por qué este boludo no quiere ir al hospital?
-Qué se yo… Me pedía que te ubicara a vos. Decía, en pleno delirio por la fiebre, que a Ringo no lo habían podido salvar en el hospital de Reno. Y que él no quería terminar como él. ¿Vos lo conocés a ese Ringo? ¿Es amigo de ustedes?

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

El Flaco Ruben Torres terminó en el quirófano. La piedra que tenía en el riñón derecho era demasiado grande para que saliera por vías naturales. A los 15 días ya estaba bárbaro… Y de novio con Iris, con quien se fue a vivir, se casó y tuvo dos nenas. Fue, tal como predijo, la señora de Torres. Y hasta se recibió de abogada. Nunca más volvió a pisar un cabarulo. Con el correr de los años, lo fui perdiendo de vista. Se fue a vivir al interior y dejó el periodismo. El otro día lo encontré en Facebook, pero todavía no me respondió.
Yo, en cambio, tuve mis pequeñas revanchas. Primero con Nerina, que obviamente no me cobró. Sólo me pidió plata para comprar merca. La saqué cagando. Después, tomé valor y me fui a tomar el desayuno con Carlita. Salimos un tiempo largo. La pendeja era un petardo. Nos seguimos viendo, aunque ella se casó con un escribano que está lleno de plata. Viven en Puerto Madero. Y tiene un departamento increíble.
De tanto en tanto, me hago una espada con Fanucci para recorrer piringundines suburbanos. Como les conté al principio, rara vez terminó pasando. Fanucci, por cierto, hace todo lo contrario, pese a que se casó con una flaca del juzgado. Pobrecita, no puede ser más cornuda…
¿Se acuerdan de Sheny? La sigo buscando. Debe tener menos dientes, las carnes más flojas. Ya nadie se acuerda de ella. Sólo yo. ¿Qué será de su puta vida?


Prólogo: Putas
I: Sheny
II: Iris
III: Nerina
IV: Selva
V: El Flaco Torres
VI: Alma
VII: Copacabana
VIII: Sofía
IX: Ultimo momento
X: Carla
XI: Minucho
XII: Ringo

18.5.09

El, sencillamente, soñó que se dormía (M.B.)

(1920-2009)
*Foto: Eduardo Longoni